En la conversación sobre mujeres y café, la voz de Anggela Sara es directa, incómoda y profundamente honesta.
La especialista, jueza certificada y CEO de IMSA y creadora de los Girlsplaining en Perú, que este año se realizará en Villa Rica, observa con claridad que, pese a los discursos de inclusión, las dinámicas de poder dentro del sector siguen reproduciendo resistencias cuando las mujeres empiezan a ganar espacio.
Para ella, el problema no es solo la presencia femenina, sino el momento en que esa presencia se vuelve visible y exitosa. “No solo les fastidia que estemos, sino que hagamos las cosas mejor de lo que ellos las hacen«, afirma. “Eso les fastidia mucho, los ofende”.
Sara reconoce que cada intento por impulsar proyectos liderados por mujeres —desde eventos hasta espacios de formación— suele generar tensiones en una comunidad que, aunque pequeña, aún arrastra viejas estructuras.
“Cada vez que queremos alzar la voz y hacer las cosas con nuestro brillo, van a buscar la forma de opacarnos”, señala.
Pero lejos de desanimarse y desanimar, Ggela cree que la incomodidad también es señal de cambio. “Está bien que se incomoden. Ya tocaba que se incomoden”, dice. Para ella, la respuesta no pasa por confrontaciones estériles, sino por una estrategia más contundente: demostrar capacidad y profesionalismo.
“Siento que la mejor forma de protestar es demostrar que somos capaces de hacer las cosas bien”, explica.
En su visión, el camino para las mujeres del café es claro: “Seguir trabajando, seguir incomodando y seguir siendo la voz de alguien más”.
LAS CIFRAS QUE NOS NIEGAN
Hay un problema estructural que atraviesa a casi todos los países productores: la falta de datos.Nunca hay cifras exactas de cuántas mujeres están en la industria del café. Aunque algunos estudios internacionales estiman participaciones cercanas al 70 %, en el Perú no existe una medición oficial que permita entender el verdadero peso del trabajo femenino en la cadena productiva.
Sara considera que esta ausencia de información no es casual. “Somos data que no está siendo incluida. Es una forma de invisibilizarnos”, afirma. Por eso insiste en que la discusión debe ir más allá del discurso simbólico del 8 de marzo y convertirse en políticas públicas concretas.
“Esto debería entrar en políticas de Estado”, sostiene. Sin datos ni diagnósticos, explica, es imposible dimensionar el aporte real de las mujeres en el campo, en las barras de café, en la catación o en la gestión de empresas del sector.
Al mismo tiempo, Sara reivindica el legado de quienes abrieron camino antes. Durante décadas, muchas mujeres quedaron relegadas a roles invisibles, definidas apenas como “la esposa de”, “la hija de” o “la amiga de”. Hoy, señala, el desafío es que puedan construir una identidad profesional propia.
“Hoy la historia te permite tener un nombre propio, un negocio propio”, dice. Y recuerda que esos espacios no surgieron de la nada, sino de luchas acumuladas durante generaciones.
Por eso, cuando piensa en el Día Internacional de la Mujer, evita hablar de celebración. Prefiere otra palabra: memoria.
“Para mí es conmemorar. Recordar a las mujeres que cimentaron lo que hoy podemos hacer, anota.
En esa mirada, el café también se convierte en un espacio donde se discuten transformaciones más amplias: el derecho a decidir proyectos de vida, a liderar empresas o a construir carreras sin responder a expectativas tradicionales.
“Tenemos que empezar a validarnos por lo que sabemos y por lo que somos”, afirma.
Y mientras la industria sigue cambiando, Anggela Sara parece tener claro el camino que propone para las nuevas generaciones de mujeres del café: no retroceder.
“No cansarnos”, resume. “Seguir”.
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