1 de mayo de 2026
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Día del Trabajo: El café que celebra el mundo nace de un trabajo que el Perú aún no valora

Cada 1 de mayo se celebra el Día del Trabajo. Se habla de productividad, de crecimiento, de empleo. Pero hay trabajos que no entran en esa conversación. El del caficultor es uno de ellos. Invisible para muchos, esencial para todos. Porque detrás de cada taza —en Lima, en Nueva York o en Tokio— hay una cadena que empieza en el campo, en manos que trabajan bajo sol, lluvia e incertidumbre.

En el Perú, el café no es solo una bebida: es una economía. Más de 223 mil familias caficultoras dependen directamente de este cultivo, según el Ministerio de Desarrollo Agrario y Riego. Además, genera empleo para más de 2 millones de personas en toda su cadena productiva. Es, sin discusión, el principal producto agrícola de exportación del país.

A nivel global, América Latina produce cerca del 60% del café mundial, de acuerdo con la International Coffee Organization. Esto convierte a la región —y al Perú— en actores clave del mercado. Sin embargo, esta relevancia contrasta con una realidad incómoda: quienes producen el café suelen ser los que menos ganan.

El problema no es nuevo. El Banco Mundial ha advertido que la mayor parte del valor del café se concentra fuera de los países productores. Es decir, el margen económico se queda en la comercialización, el tostado o la marca, mientras el origen —el caficultor— recibe una fracción mínima. A esto se suma la volatilidad de los precios internacionales, que muchas veces no cubren ni los costos de producción.

Pero si el caficultor ya enfrenta una situación desigual, la mujer caficultora vive una doble invisibilidad. En el Perú y en América Latina, las mujeres participan activamente en toda la cadena: siembran, cosechan, seleccionan granos, fermentan, secan. Sin embargo, su trabajo rara vez es reconocido formalmente.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, las mujeres representan entre el 20% y 30% de los productores de café, pero tienen menos acceso a tierra, financiamiento y asistencia técnica. En muchos casos, ni siquiera figuran como propietarias de las fincas, lo que limita su capacidad de decisión y sus ingresos.

Esta desigualdad no es solo económica, es estructural. Muchas mujeres trabajan jornadas completas sin recibir pago directo, mientras asumen además labores domésticas. Otras lideran fincas, pero sin acceso a mercados o redes de comercialización que les permitan crecer.

A todo esto se suma un factor que agrava el escenario: el cambio climático. Las variaciones de temperatura, las lluvias irregulares y las plagas —como la roya— afectan directamente la productividad del café. Para pequeños productores, que ya operan con márgenes mínimos, cada cosecha es una apuesta.

Y sin embargo, el café peruano sigue destacando. Ha ganado premios, ha conquistado mercados, ha entrado con fuerza en el segmento de especialidad. En las ciudades, el consumo crece y se sofisticada. Se habla de origen, de notas, de métodos. Pero pocas veces se habla de quienes hacen posible todo eso.

El Día del Trabajo no debería ser solo una fecha de celebración. Debería ser también una fecha de reconocimiento. Porque mientras el café peruano gana prestigio en el mundo, sus productores —y especialmente sus productoras— siguen esperando condiciones más justa

Reconocer el trabajo del caficultor no es solo valorar el origen. Es entender que sin ellos no hay industria, no hay exportación, no hay café. Y que detrás de cada taza hay algo más que sabor: hay esfuerzo, historia y una deuda pendiente.

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