Cartagena despierta con prisa. El sol cae temprano sobre las paredes del centro, y la ciudad —que de noche se convierte en prácticamente una discoteca— en la mañana se acomoda como puede: oficinas, turistas buscando sombra, motos, y un ritual que por años fue casi automático: “un tinto” rápido, sin preguntas, sin origen, sin historia.
María Alejandra Julio, cartagenera, se ríe cuando recuerda que su educación cafetera, como la de muchos, empezó tomando mal café.
En casa, su abuela mezclaba el arroz de coco del día anterior con café negro. Una papilla, una especie de arroz con leche. No era especialidad evidentemente.
Esta comunicadora con énfasis en educación y desarrollo social hizo un curso de barismo y descubrió una oportunidad para tener mejores horarios, más estabilidad. Pero no sería solo eso. Pronto se enamoró del café. No del espresso ni de la leche vaporizada como espuma bonita para Instagram. Se enamoró del vínculo: el café como herramienta de desarrollo social.
A María Julio le incomodaba una idea que había visto repetirse —en Colombia y en muchos países productores— como una postal gastada: el caficultor como “el pobre”, el que no estudia, el que solo sobrevive. “Empecé a dejar de romantizar la caficultura con pobreza”, subraya.
Ella creía y cree que el café puede ser industria, empresa, dignidad. Pero esa dignidad no aparece sola. Se construye con formación. Cartagena no era el territorio ideal para construir el camino. Decidió salir.
Bogotá. Quindío. Viajes. Certificaciones. Empezó a escribir correos pidiendo una pasantía con una propuesta directa, casi insolente de lo clara. “No me pagues sueldo”, dijo, “pero garantízame lo básico: hospedaje, alimentación y la posibilidad de certificarme”. Cambió el salario por aprendizaje.
Cuando regresó a su tierra encontró una ciudad distinta, o quizá fue ella la que regresó distinta. Antes, en Cartagena, el café visible era Juan Valdez y punto. Luego, empezaron a abrir tiendas, pero faltaba gente formada. No había dónde estudiar barismo. El centro de formación SENA la contrató como instructora.
Después fue a Manizales, tierra donde el café se respira a diario. Allí vio la convocatoria de la Federación Nacional de Cafeteros para convertirse en jueza nacional. Presentó examen en Santa Marta y quedó dentro del grupo: jueces nacionales de barismo, jueces nacionales de filtrados.
“Me convertí en la única de toda la región”, dice con orgullo.

Ser jueza certificada no es un adorno: es entrar al núcleo donde se define la calidad, la técnica, la competencia, la legitimidad.
Ser mujer en el café, en el Caribe, y con autoridad. Esa es María Julio. Y esa legitimidad, en su caso, tuvo que pelear contra un prejuicio particular: ser del Caribe. “Esta chica de Cartagena… allá no hay una mata de café”, escuchó alguna vez —o sintió que lo pensaban—, “¿qué tanto puede saber ella para juzgarme?”.
Es el estigma al revés: Colombia como potencia cafetera mirando a su propio Caribe como si fuera un margen sin autoridad.
Pero no es el único estigma. Está el de género, más silencioso, más cotidiano. “Hay baristas en el sector, pero somos muy pocas”, dice.
Desde su propia tienda que lleva su nombre y apellido, intenta empujar una respuesta práctica: “Estamos tratando de crear semilleros donde puedan entrar mujeres a aprender de barismo”.
Cero dramas. “Las mujeres no están viendo aquí el barismo como una profesión o como algo a lo que se quieran dedicar. Es más una industria más de hombres. Por ahora”.
La falta de mujeres no es una estadística. También es una idea instalada sobre quién puede ocupar la barra, quién puede juzgar, quién puede tener autoridad técnica. Y María Julio, desde su lugar de jueza y formadora, está empujando la puerta para que otras no tengan que entrar pidiendo permiso.
Cartagena aprende a preguntar, y el filtrado se vuelve experiencia
Cartagena también cambió. Después de la pandemia, el café de especialidad se multiplicó: marcas, barras, filtrados. Ella lo narra con números que suenan a transformación: de una tienda “insignia” a tener entre 14 y 20 espacios. Y algo aún más curioso: los gastrobares —restaurantes con discoteca o bares— abrieron lobbys de café por la mañana, aprovechando las casas del centro con ambientes múltiples: noche de música, día de V60.
Pero la ciudad crece, y la cultura no siempre acompaña al mismo ritmo. Los precios del café todavía generan resistencia. María Julio lo explica con una comparación imbatible en una ciudad de turismo y fiesta: pagan sin pestañear por tequila o vino, pero se incomodan con una bolsa de café de especialidad. Para ella, la solución no es bajar el precio: es subir el entendimiento.
“Hasta que tú no vas a la finca y entiendes el trabajo… no te atreves de pronto a normalizar el precio del café como normalizas el precio de un vino”, dice.
Su tienda de café o cafetería —con dos años de vida— tomó una decisión estratégica: no depender del turista.
Eligieron un sector no tan alejado de lo turístico, pero también de oficinas y residencial. Querían al cliente local: el que vuelve todos los días. El que sostiene. Al comienzo fueron los de Airbnb. Pero no bastaba. Entonces hicieron algo que muchos negocios no se permiten: regalar conocimiento. Charlas, catas, degustaciones. Educación como marketing, pero del verdadero. El resultado llegó: consumidores realmente interesados.
“Ya probé el honey, ya probé el natural… ¿qué edición especial nueva tienes?”, le preguntan los clientes.
La escena es hermosa: una ciudad que antes pedía “tinto” ahora pregunta por procesos, por origen, altitudes, historia.
Y en medio de ese cambio, María julio se mueve menos en la barra y más en la trastienda de la calidad: compra café en verde, viaja a fincas, trae muestras, evalúa en mesa de catación, negocia directo, paga por encima del precio estándar, trabaja con puntajes, tuesta, revisa, empaca, llena estanterías. Es el tipo de trabajo que no se ve en la taza, pero decide la taza.
Luego están los filtrados. Ese boom que, dice, engancha por una razón simple: la experiencia. El espresso ocurre rápido y el cliente no siempre puede leerlo. El filtrado, en cambio, se vuelve escena: el cliente mira, pregunta, graba, aprende.
María Julio ya no solo quiere juzgar. Hoy quiere competir. Suspendió juzgamientos de filtrado para entrenar, para analizar recetas, para estudiar aguas. “Me pegué una engomada con los filtrados”, confiesa.
Y cuando alguien le pregunta cuál es el secreto de un buen filtrado, ella no se lanza a la receta. No ofrece un “paso a paso” de Instagram. Su respuesta es otra, más difícil: “Entender el café. Más que conocerlo, entenderlo”..
Entenderlo significa aceptar que el café cambia según la ciudad. Que preparar en Cartagena no es preparar en Bogotá, porque la altura cambia variables. Que el agua es clave y no un detalle. Que mineralizar tiene tiempos, que no todas las marcas funcionan igual “de una”. Que a veces hay que esperar horas para que la concentración haga efecto. .
Entenderlo también es explicar con calma cosas que asustan al consumidor: la película plateada, por ejemplo, que no “da sabor”, pero que a un cliente acostumbrado a marcas comerciales —tuestes altos que esconden todo— puede parecerle un defecto. Educar sin humillar. Traducir el café.
En esa traducción, su formación como comunicadora aparece como un superpoder: corrige speeches, hace coaching, enseña desde la palabra. El café, en su historia, no reemplazó a la comunicación: la completó. Le dio una materia real para enseñar lo que siempre le gustó: educar.
Y ha escrito un libro maravilloso e íntimo llamado ‘Entre tazas y vidas’.
El futuro de María Julio suena a reto caro. Juzgar un mundial no es solo mérito: es presupuesto. Los juzgamientos, explica, son voluntariados. Se paga para mantener la licencia, se paga para viajar, se paga para estar. “El café es un hobby y una profesión costosa. Carísimo”. Aun así, lo quiere. Aspira a juzgar su primer mundial. Y ahora entrena inglés con un socio nuevo, Manuel, buscando llegar a tiempo para una prueba en Panamá, en octubre.
En Cartagena, mientras tanto, la ciudad sigue despertando con calor. Y el “tinto malo” sigue existiendo, porque las costumbres no mueren de un día para otro. Pero algo cambió. En una esquina menos turística, más de oficinas, una mujer cartagenera enseña a pedir café con respeto.
No es poca cosa: en una ciudad donde todo parece moverse rápido, María Alejandra Julio está construyendo un lugar donde la prisa se sienta, pregunta… y aprende.
DATO: Si. vas a Cartagena debes pasar por aquí.